CAPITULO III
Aviso a partir de aqui la cosa se vuelve un tanto psicoticohomicida, no apto para estomagos delicados.
CAPITULO III
Todo empezó al nacer, si señores al nacer, naturalmente que no me acuerdo de cómo nací, pero sin duda debió ser traumático, pasar del confort del útero de mi puta madre, si han oído bien de mi puta madre, no se hagan cruces tampoco es para tanto, siempre, bueno no siempre, pero desde que tengo memoria la he odiado por haberme traído a este sucio mundo, también me odio un poco yo mismo, ya hablaremos de eso más adelante, como iba diciendo un mundo cruel como pocos, por eso repito una y mil veces ¡mi puta madre!, así pues al nacer empezaron, con ese espantoso dolor de salir de un refugio de silencio, de calor, de paz, de impermeabilidad al mundo, así empezaron los demonios a instalarse dentro de mí, comenzaron a entrar, para quedarse, el primero de ellos seguramente al darme es matasanos la tunda que me propinó en mi indesflorado trasero, un demonio homicida este primero, jamás me ha abandonado, sigue conmigo dándome siempre buenos consejos, ya hablaremos de él también más adelante, no nos precipitemos, el segundo, el segundo demonio, lo aclaro por si alguien se pierde, el segundo se manifestó cuando a penas debía tener cinco añitos, que tierno infante, cuanta dulzura e inocencia, hasta en los jueguitos con niñitas se respiraba ternura, ese pequeño miembro que apenas despuntaba pero el cual era sumamente agradable acariciar, sí esas niñitas que hacían de mamás y yo de papa, ellas carecían de ese diminuto apéndice llamado vulgarmente polla o cipote o verga, pero en su lugar ofrecían una hermosa rajita de color rosa, suave, limpia, delicada, la cual recuerdo borrosamente como casi todo lo de aquella lejana infancia, eran las rajitas también muy agradables de ver, tocar y besar, este primer demonio, un demonio juguetón e inocente, lleno de placer, un placer limpio, era el placer por el placer, sin maldad, compartido y disfrutado con alegría infantil entre esas niñitas y yo, era un grandioso descubrimiento, una fuente inagotable de delicias al alcance de nuestras manitas, entre risitas, sin un ápice de eso que después me obligaron a tener, eso llamado vergüenza y que suele llamarse decoro, hace breves instantes les he comentado que se perdían en las brumas del tiempo los recuerdos de aquella feliz y brevísima época, esa infancia a la que sin duda regresaré, cuando la demencia senil, dentro de unos pocos siglos, en el ocaso de esta vida me alcance, menuda cursilada con tintes trágicos acabo de cagar, espero sepan disculparme una vez más, bien, la verdad es que sí hay algo que recuerdo con total claridad, un recuerdo grabado a fuego, las palizas que me propinaron cuando descubrieron mis jueguitos con las niñitas, nos pillaron mientras un pequeño conejito rosado de trapo daba besitos a mi cipote y al coño de mi amiguita, si señores el pilín dejó de ser pilín y la rajita dejó de ser rajita, a partir de ese día se transformaron es cipotes y coños, coños y cipotes y culos y bocas y manos y tetas y lenguas y cuero y plástico y orina y mierda y semen y sangre y carne y …., ¿y porqué semejante mutación?, muy sencillo al parecer aquello que hacíamos era algo prohibido, algo malo, muy malo, eso cambió mi todo, mataron mi inocencia y los jueguitos dejaron de serlo, se convirtieron en vicios clandestinos, más adelante profundizaremos en los detalles de estos jugosos vicios, no se apresuren, les veo ansiosos, calma, las palizas fueron de órdago, varias visitas al psicólogo y otras tantas al cura, al cabo de cierto tiempo me había curado, me convirtieron en un efebo sin haber abandonado la niñez, bueno eso pensaron, desde aquel momento empezaron a incubarse en mi interior los más temibles demonios que jamás habitaron un cuerpo, todo fue cuestión de tiempo que salieran, el camino de la liberación fue largo y tortuoso y no por ello exento de otros placeres, al poco tiempo me mataba a pajas, o como dirían otros me la pelaba como un mono, ¿pero cómo?, ¿que son ustedes tan antiguos que no me entienden?, de acuerdo concretemos y aclaremos los términos: que me masturbaba a todas horas y cuando se me cansaba una mano, lo hacía con la otra, de ahí que sea ambidiestro, cualidad esta que habría de serme muy útil a lo largo de los años en el manejo de diversos tipos de armas blancas, ¿si no hubiera sufrido semejante castigo por unas acciones llenas de inocencia las cosas hubieran sido distintas?, es posible, aunque no lo creo, no busco excusas, ni análisis psicológicos de tercera división, era inevitable que ocurriera, antes o después hubiera pasado algo que encendiera el fuego que siempre me ha caldeado las entrañas, tras largos años rememorando estos acontecimientos de mi infancia he llegado a la conclusión que fue mejor que todo pasara aún siendo niño y no acumulara la presión en mi interior durante más tiempo, habría sido peligroso, aún más peligroso.
El degustar lo prohibido, el pecado, el mal, y digo el mal entre comillas, no vayan ustedes a pensar que para mí el bien y el mal son conceptos tan estrechos y limitados como lo son para ustedes, esa posición sería demasiado cómoda para mis inquietas posaderas, prosigo, el saborear todas estas sensaciones y hacerlo sabiendo que de ser descubierto sería terriblemente castigado, esa sensación siempre me ha excitado mucho más que las acciones en sí mismas, igual que a ustedes, somos iguales pero no quieren reconocerlo, temen ser descubiertos, les gusta jugar con fuego sabiendo que pueden quemarse, pero temen al dolor, en esta aparente contradicción reside la fuente de los más variados placeres, saben bien a que me refiero, no miren hacia otro lado, no bajen la vista.
