CAPITULO XI
Me marché. Salí de viaje con la intención de no volver, de perderme en el camino a ninguna parte, bajando por senderos ardientes hasta los más variados infiernos y subiendo hasta las más inhóspitas cumbres que nunca antes fueron pisadas por bípedos con nombres y apellidos, todo dependía de lo drogado y borracho que estaba y puedo asegurar que si esta maltrecha memoria llena de olvidos no me falla debí estar unos cuatro meses en mi limbo particular, todo ello a juzgar por el estado de extrema delgadez y las barbas que ocultaban mi rostro, dándome, aún más, un aspecto de cavernícola extraterrestre, como nota aclaratoria decir que según los informes recopilados por los agentes del orden, durante estos tres meses borré del mapa a varios sujetos, al parecer con manifiesta alegría de los vecinos de los lugares por donde arrastre este pedazo de carne en descomposición que es mi cuerpo, según siempre esos informes incluidos en el expediente que a buen seguro está a su disposición, esos individuos eran proveedores de diversas sustancias calificadas como ilegales y a las cuales he sido tan aficionado, el populacho se alegraba de ver desaparecer de sus relucientes aceras a esa clase de individuos, portadores de males y desgracias para sus amados hijos, una mala influencia sin duda, esta quizás ,el hecho de eliminar a tales insectos, sea la única buena obra que he hecho en mi vida para con esta mierda de sociedad, en cualquier caso no puedo negar ni aceptar que cualquier cosa ocurrida durante ese tiempo sea real, no puedo dado que el tiempo dejó de tener sentido, el espacio siento que se contraía y se dilataba caprichosamente y las caras ahora eran hermosas y debían ser adoradas y unas milésimas de segundo más tarde me asfixiaban con su hedor y mi obligación era aplastarlas, no se que ocurrió, no lo se, no me importa, solo se que quisiera estar hasta el momento de mi desintegración en ese estado de ser y no ser, de estar y no estar, algo entre la vida y la muerte, que con suficientes recursos se antoja infinito, un infinito que no puede durar más de lo que dura un riñón, un hígado, un corazón o un cerebro más o menos sano cuando son sometidos a tales presiones, y cuantos eligen este camino sin ser conscientes de su decisión, ¡perros desgraciados!, no valen ni para eso, si debéis tomar esta senda, digna como pocas, hacedlo con la cabeza bien alta, declaraos seres libres que habéis elegido como y cuando morir, ¡perros!, no mendiguéis que os salven de vuestro destino, ¡claro no lo habéis elegido vosotros!, sois enfermos, enfermos de vosotros mismos, sin capacidad alguna de encontrar el remedio para la vida, y este camino que, con dignidad, habría supuesto la salvación se ha convertido en un purgatorio cualquiera, ¡no sois como yo!, y nunca lo seréis, yo si elegí mi camino, estaba dispuesto seguirlo hasta el final y si alguien debía caer, bien, ese sería su camino: caer ante mí, pisotearía su cuerpo, no diré sin piedad, no diré con remordimientos, no, simplemente lo pisotearía y después me metería una buena ralla de cocaína, tan tranquilo, tan impaciente, y a dejar crecer la barba, pero no pudo ser.
