CAPITULO XII
El destino, ese monstruo canalla que siempre ese interpone entre nosotros y nuestros deseos se cruzó ante mi y no pude esquivarlo, lo intenté con litros y litros de licor y vinos que me dieron ardores infernales en mi ulcerado estomago, miles de pastillas y toneladas de cocaína, pero no pude, me venció, caí rendido a sus pies e inconsciente en un banco de un parque donde jugaban alegremente todas esas nínfulas sedientas de futura sangre, entonces apestando a mis propias orines y heces, lo digo así de fino para no decir que me ahogaba en mi propia mierda, entonces, como digo, el destino disfrazado de hermosa hechicera venida de más allá de cualquier parte, ese destino que ocultaba su cobarde rostro, mi cobardía y la infamia de mi debilidad, con una mascara de ángel, ese aciago destino me tiró una moneda, en aquel momento dudé si seguirla y golpearla y violarla y matarla y violarla de nuevo y descuartizarla y quedarme con su vagina, su coño, y seguir violándola hasta el infinito, dudé entre eso, que es lo que debiera haber hecho, o entre amarla hasta la locura, dudé, mientras recobraba la inconsciencia dudé, mientras la veía alejarse dudé, al ver su larga melena movida por el viento dudé, y al final vomité cosas vivas que si se analizaran resultarían imposibles, la seguí y la vi entrar en una tienda de congelados, esperé ocho largas horas, masturbándome sin parar con su recuerdo, cuando salió mi barba había desaparecido, mis ropas estaban limpias, había engordado veinte kilos, tenía un trabajo honrado de nueve a cinco, con media hora para la comida y no me conocía a mi mismo, que bonito es el amor, ¿verdad?, la bestia se transformo en un hermoso príncipe, con una llaga enquistada en el corazón, a mi amada le di una de mis caras y ella la besó en ambas mejillas, besó mis manos, endurecidas por el trabajo, eso pensaba mi princesa, besó las heridas de mi cuerpo y de las de una de mis almas, ya expliqué con anterioridad los síntomas del amor: esos pedos, esos pelos, esas tonterías, esas risitas, ese andar siempre de la manita, esa cabeza apoyada en mi hombro hasta la dislocación irreversible, esas preguntas: ¿me quieres?, ¿Cuánto?, ese hacer el amor con delicadeza, que les voy a contar a ustedes que no sepan del amor, el sentimiento más inhumano, después del odio, ustedes saben todo sobre el amor, es sacrificio de uno y del otro, cuanto más grande es ese sacrificio más grande es ese amor, ¿no es así?, en fin, pura mierda, la gran mentira de cinco letras, el perfeccionamiento absoluto del instinto de sobrevivir y procreación, no insistiré más sobre este asunto ¿para qué?, sólo decir que duró lo que duró y que me juré no volver a caer en el mismo error, la próxima vez optaría por lo que debí hacer y no hice, bueno, ya expliqué también como desperté de esa pesadilla, duró seis meses, al final a mi jefe le di un palizón, al parecer quedó en silla de ruedas, a ella nada, ¿para qué?, la odiaba, la amé, y nunca he matado a nadie que al que odié, en realidad nunca he odiado a nadie, nunca he amado a nadie, solo a ella y a todo el mundo, no hice nada, nada hubiera sido suficiente, nada me hubiera satisfecho bastante, la dejé marchar, aún guardo de recuerdo esas bragas, ¡la de veces que me he masturbado rodeando con ellas mi verga!, no pregunten y no se exciten, tampoco es para tanto, guardo también, no se porque, un montón de nauseabundas poesías que le escribí a mi odiada, ¿quieren oír algunas?, aviso es posible y probable que les den arcadas, de acuerdo, vamos allá:

Fernando dijo
Un poco pasado de rosca y sin sentido, no?
15 Septiembre 2005 | 06:31 PM