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La Coctelera

Perrilleros sin causa

29 Septiembre 2005

CAPITULO XV

He perdido el hilo, tanto divagar, tanto mostrarles confiadamente mis entrañas ha hecho que no recuerde por donde iba, estoy cansado, no lo puedo negar, necesito descansar, descansar, cierro los parpados, imagino una vida distinta, una vida en otro cuerpo, en otra mente, otra vida lejos de la que me ha tocado vivir, sueño, que mis demonios ya se fueron y no volverán, sueño que la vida se me escapa entre los dedos, sueño que no necesito soñar en una nueva vida, quiero dormir, no quiero despertar, pero no tengo el valor suficiente, lo admito no lo tengo, soy tan cobarde que solo puedo continuar.
Volví a casa de mis padres, me instalé, no les hizo mucha gracia verme a parecer, sonriente, con una mano delante y otra detrás, sin oficio ni beneficio, un bueno para nada como decía la buena de mi madre, un aprendiz de todo y maestro de nada, eso me gusta, como decía mi padre, en fin, me metí en mi cuarto y solo salía para comer y para cagar, estuve seis meses recluido, meditando, cuando salía ya fuera para una cosa u otra siempre era con una sonrisa de oreja a oreja, radiante, no pretendía ser una sombra de mal humor, aunque siempre lo tomaron como una provocación, no era esa mi intención, o tal vez si, que importa, conversaba en la mesa de cosas locas e intrascendentes, ya saben del tiempo, del fútbol, de la política, contaba algunas cosillas de mis aventuras, a pesar de mostrarme siempre risueño siempre la cosa acababa en bronca, mi cara permanecía intacta, pero se bien que mis ojos se encendían, en fin, mis viejos no me querían en casa, esa es la verdad, todo estalló un buen día, me desperté sobre las dos de la tarde y decidí hacer un hueco en mi estomago antes de comer, mi viejo no había vuelto de su honrado trabajo de pringao en una ferretería, cuando salí del baño, con mi eterna sonrisa, y volví a mi cuarto encontré a mi madre hurgando en mis cosas y con las bragas de mi ex (completamente acartonada después de recibir millones de corridas) en la mano, me miró con un odio feroz, me excité, me dijo que era un puerco, un depravado, que no había cambiado nada, escupió en mis amadas braguitas, y dijo que irían a la basura como aquel conejito, sentí como crecía entre mis piernas un gigantesco obelisco de hormigón armado, cerré los puños y le di cuatro ostiones que la dejaron sin conocimiento y con la nariz y el labio superior roto, el resto de esta historia ya la conocen, en cuanto a mi padre en el momento de abrir la puerta de casa, ¡zas!, martillazo, tiene gracia toda la vida trabajando en una ferretería para morir de un martillazo, fueron jornadas de duro trabajo, de sudor y sangre, hice estragos con esos cuerpos, y con el mío, adelgacé más de cinco kilos durante ese mes de pasiones desenfrenadas, cada vez que creía desfallecer, resurgía cual fénix armado con un ariete, y vuelta a la carga, tal vez me debería haber administrado mejor y la cosa hubiera podido alargarse un par de semanas, las novatadas se pagan.
Pensando en el infeliz de mi padre, toda una vida de trabajo para nada, escribí esta historia de un jubilado, tu mismo dentro de treinta años, espero les guste, como ven no me dejo nada, les muestro en toda su obscena y sucia desnudez mi alma.

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