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Terra
La Coctelera

Perrilleros sin causa

27 Noviembre 2005

CAPITULO XX

Estaba yo sentado en la parada de autobús a mi diestra una niña pequeña que chupaba libidinosa su dulce y colorada piruleta, a mi siniestra dos bondadosas monjitas que conversaban alegremente con una tercera que estaba en pie, yo cabizbajo, mi única compañía mis pensamientos, mis sentimientos, una pasividad absoluta ante lo que me esperaba de tal forma que la sensación de tranquilidad era infinita, habían pasado ya cientos de autobuses, alguno de ellos quizás dio la vuelta al mundo varias veces cogiendo y dejando en su recorrido cuerpos y almas y ninguna semejante a la mía, tenía la ropa sucia, la cara sucia y las manos sucias, nadie me miraba, nadie excepto la niñita, ella con asombro y con una maliciosa e inocente sonrisa y su puerca mama con el rabillo del ojo izquierdo con asco, mirando un chicle pegado al suelo con la huella de un zapato estampada en él para la posteridad, entonces vi dos pares de botas, botas negras, botas duras, bien lustradas, botas con caras y huesos doloridos grabados en el cuero, botas de dos policías, estaban frente a mi, me habían descubierto, alcé la vista, me miraban con una mezcla de odio y miedo, peligrosa combinación, como un relámpago saqué de mi manga la navaja de barbero que tenía, la abrí y de un solo y certero tajo rebané el pescuezo de uno de ello, se echó la mano a la garganta, intentaba gritar pero solo lograba dejar escapar una especie de sonido gutural de agonía, la sangre resbalaba, se escapaba, y con la sangre se le escapaba la vida, calló de rodillas, y así se quedó, de rodillas, apoyó la cabeza en el banco, un reguero de sangre se deslizó suavemente hacia la alcantarilla y allí se perdió, mientras tanto el otro policía intentó echar mano de su pistola, ¡zas! Le corté los tendones de su mano derecha, aulló de dolor, otro golpe, un surco se abrió desde la comisura de su boca hasta la oreja izquierda, ahora eran sus ojos los que aterrados gritaban, una última incisión, con calma, de un lado a otro de la garganta, se desplomó y cayó todo lo largo que era de un lado a otro de la parada de autobús, había convertido esta humilde parada de autobús en un campo de batalla, en un matadero, en un lugar de peregrinación, y se acabó, cerré la navaja, me senté de nuevo en el banco, al lado de la cabeza del policía ya muerto, miré al suelo y el chicle seguía allí, casi cubierto por un charco de sangre y empecé a imaginar la cara, la boca, si tenía caries, si era hombre o mujer, mujer supongo el chicle era de fresa, de la persona que lo había mascado, saboreado y escupido mientras esperaba al autobús. Los gritos de una monjita me despertador de mi letargo, la odié por eso, las monjitas, las monjitas que escena tan admirable, las tres de pie, una mientras se tapaba las orejas con sus manos gritaba, otra tapaba con fuerza su boca para no gritar y la tercera tapaba sus ojos, como los tres monos esos, ya saben, no veo, no oigo, no hablo, casi me dio la risa cuando la que tenía tapados sus ojillos mientras retrocedía no vio acercarse al autobús y fue arrollada, la que tapaba su boca se desmayó con tan buena suerte que se rompió la crisma con el borde del banco, la que tapaba sus oídos se meó encima, y su santa meada se mezcló con la sangre de los dos policías, y yo allí sentado, viendo y gozando de este docudrama a cámara lenta, me acordé de repente de la tierna niñita y su piruleta, me giré y allí seguía, chupa que te chupa, con esos ojillos vivos, con chispa, con una maldad que casi me asustó, que casi me enamoró, su madre estaba como atontada, los ojos abiertos, la boca abierta, no movía ni un músculo, a punto estuve de liquidar a la madre y fugarme a algún país multicolor con esa pequeña zorrita, pero las sirenas de la policía hicieron de resorte, me levanté, le di un tierno beso en la boca a mi pequeño amor, con lengua y todo, quería saborear esa mágica piruleta, y me fui andando calle abajo con las manos en los bolsillos, silbando el bolero ese de “somos novios”, ya saben ese que dice:
Somos novios
Pues los dos sentimos mutuo amor profundo
Y con eso ya ganamos lo más grande
De este mundo
Nos amamos, nos besamos
Como novios
Nos deseamos y hasta a veces sin motivo y
Sin razón, nos enojamos
Somos novios
Mantenemos un cariño limpio y puro
Como todos
Procuramos el momento más oscuro
Para hablarnos
Para darnos el más dulce de los besos
Recordar de qué color son los cerezos
Sin hacer mas comentarios, somos novios
En fin, a veces me pongo de un romántico, de un sentimental que me hace dudar de quién o qué soy, aunque es extraño, se puede dudar de alguna certeza y sobre estas y otras cuestiones yo no tengo ninguna por lo que no hay tampoco motivos de duda, no se si me explico, ¿no?, es igual, yo tampoco me entiendo.
Dos calles más abajo, pare un coche, agarré del cuello al conductor, suerte para él que no ofreció resistencia, me fui al barrio de los traficantes y las putas, ese que hay en todas las ciudades, ese que nadie ha visitado pero que siempre esta lleno de gente, como que no tenía dinero, pague trece gramos de cocaína con los servicios de mi navaja de barbero y emprendí camino hacía el final.
Resumen de esta jornada: dos policías muertos, dos monjas muertas, un amor mágico, un coche robado, cuatro camellos muertos, un colocón de campeonato, una furia desbocada y sin sentido en busca de nada. ¡Buen viaje! Me desee a mi mismo.

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punkcaperusa

punkcaperusa dijo

dios mio es lo mejor que he leido en mi vida creo que toda mi vida de porqeria fue para leer esta cosa tan deliciosa

9 Abril 2006 | 06:27 PM

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