THE DOORS (Parte I)
Esta es la triste y no por ello menos fantástica historia de Facundo, si Facundo como las pipas, Facundo era un buen tipo, hasta que dejó de serlo, un personaje sencillo, del montón, como tú, como yo, fumaba mucho, poco tabaco, y bebía mucho también, la cerveza es diurética decía y el calimocho la sangre de Jesucristo mejorada, no le faltaba razón al bueno de Facundo, también le gustaban otras cosas, aunque su escaso presupuesto y lo limitado del suministro impidieron, hasta que alcanzo la fama, que se dejara la nariz por el camino, Facundo no follaba mucho, todas las tías eran unas putas decía, aunque en su interior se sentía un tanto frustrado, fiesta tras fiesta, cuelgue tras cuelgue, ¿pero que cuelgue podía pillar en un pueblo con solo cuatro bares?, en cualquier caso así trataba de ocultar esa falta de algo, que algo le faltara nunca fue un problema en realidad, el drama consistía en no saber que era, Facundo era un puto peón, y esto desde luego no ayudaba a desatascar el alma, es difícil plantearse con calma y mucho menos intentar solucionar esos grandes, esos pequeños, problemas existenciales cuando las facturas se amontonan, Facundo tenía treinta y seis años, no era ni alto ni bajo, ni feo ni guapo, el pelo largo, algunas canas, coronilla y una eterna barba de tres días, no tenía novia, hacía unos cinco años que se mataba a pajas, salvo algunas esporádicas visitas al puticlub que estaba a unos kilómetros a la salida del pueblo dirección a la capital, aunque eso si se sabía todas las posturas habidas y por haber, era un vicioso en su imaginación, también era un artista, hizo un curso de guitarra por correspondencia, tiene una eléctrica colgada en una pared de su habitación, esta llena de polvo, hace siglos que no toca el Smoke on the water, lo único que sabía tocar, ¡pero joder como lo hacía!, le gustaba el cine, en el pueblo no había cine, pero tenía una televisión, para sus adentros Chuck Norris era “EL HEROE”, claro que se tragaba filmes VOSE de autores que ni su puta madre los conocería por la calle, la pintura no era su fuerte, Facundo decía: “si me gusta tal o cual cuadro para mi es bueno, si no me gusta pues no, no digo que sea una mierda, eso no, siempre respetando al artista y a su público”, no siempre era tan diplomático, cuando algo le gustaba lo defendía a capa y espada. Su conversación era agradable, y nunca faltaron citas a autores varios y algunas de cosecha propia, nombraba a Séneca, Camus, Lorca y otros, era un crítico feroz, le gustó mucho el Dan Brown ese, por tanto era bueno, Facundo era escritor, así es, tenía en su interior muchas cosas que decir, mucha mierda que soltar, era un escritor de retretes, literalmente, la inspiración le venía mientras cagaba, y escribía máximas, sentencias y koans en las puertas de los lavabos, allí dejaba volar su imaginación, y además de dejar un oloroso recuerdo, dejaba algún profundo pensamiento, los cuatro bares de su pueblo tenían las puertas del servicio llenas de estas frases, todos las leían, algunos con inquietud, otros con sorna y los menos con disimulado interés, en cualquier caso un mal día después de una noche de luna llena, pararon en el bar Manolo, un grupo de eruditos postmodernos, lo componían un representante literario, la putita que le acompañaba que se estaba cagando y además necesitaba empolvarse su operada naricilla, estos dos en un lujoso coche, en otro bastante más sencillo viajaban Fedra una poetisa lesbiana y Ernesto un filosofo de lo cotidiano, los tres viajeros pidieron a Manolo un vasito de vino de la tierra y un plato de embutidos caseros, “Son muy caseros, los hace mi agüela”, dijo Manolo, y sirvió un plato con jamón, queso y el típico chorizo picante de sobrada fama por el lugar, el representante cogió un poco de jamón, la poetisa un trocito de queso y el filosofo cometió la temeridad de probar el chorizo picante, nada más engullirlo se le descompuso instantáneamente a nuestro filosofo su delicado estomago, hubo una explosión de pimentón en tierra de nadie, en algún lugar a medio camino entre el intestino grueso y el delgado, o viceversa, no le dio tiempo a excusarse y voló raudo hacia el lavabo que Manolo le había indicado donde estaba con un gesto, Ernesto venciendo sus múltiples escrúpulos de sentó justo a tiempo en el retrete, sudaba y sudaba, unas almorranas como puños luchaban por desbordarse, pensó que había llegado su hora, el olor a mierda se hizo verbo y después de un profundo suspiro todo cesó, había sobrevivido, pasados unos instantes en los que recuperaba aliento, alzó la vista, siguiendo con la mirada a una mosca y allí vio el decimoprimer mandamiento: “Disfruta cagando, así como gozaste comiendo, en estos pequeños detalles el cielo y la tierra se dan la mano”, no pudo contener su emoción y se tiró un pedo, continuó leyendo :” Como me duelen los riñones, todo el día recogiendo espárragos”, leyó alguna sentencia más, se subió los pantalones a trompicones, sin limpiarse, estaba entusiasmado, la filosofía cotidiana, la suya, chocaba frontalmente con la sabiduría rural, y lo vio claro, ese era el verdadero conocimiento, el hombre y la tierra unidos, dándose la mano hasta la más lejana eternidad, por unos versos ,al humanidad estaba salvada, era posible el perdón, sólo unas horas más tarde Fedra, la poetisa lesbiana, con suma delicadeza le advertiría: “Apestas a mierda”, y el con ambas manos puestas en el volante del coche y la mirada perdida contestaría: “EUREKA”, pero eso es el futuro y aún no es, tal vez nunca sea, Ernesto salió corriendo del baño se acercó al representante y excitado y tembloroso puso la voz de los recitales y le dijo :” El vino está bueno, pero el calimocho es aún mejor. Amén”, Fedra y el representante se miraron, le miraron y se volvieron a mirar, sin decir ni mu, Ernesto cerró los ojos, alzó una mano al cielo, Manolo se acercó par asirlo bien, no se lo podía creer, el filosofo se mantuvo sesenta laguísimos segundos en esa pose, en silencio, con la mano levantada y los ojos cerrados, todos estaban expectantes, entonces dijo con voz grave: “ Las mujeres son como las mulas, y los hombres como los toros”, “Siempre hay moscas zumbando por doquier”, “ Un fardo de paja pesa más a última hora de la tarde”, “Es tan bueno que debería estar muerto y en el cielo”, abrió los ojos y buscó al representante, esperaba su aprobación, este no le miraba, comía un poco de queso, el chorizo picante fue marginado, y apuró después su vaso de vino, la poetisa andaba un poco cabreada por el asunto ese de las mulas y los toros, Manolo tenía la boca abierta y los ojos como platos, Ernesto sin dudarlo gritó como un poseído: “El arco iris no se puede tocar pero te hundes en el barro”, “Tengo la escopeta cargada y la bota casi vacía de calimocho, mejor camina detrás”, “Hay muchos pajares y pocas mujeres”, “Las aceitunas producen callos, y las acelgas además dolor de espaldas”, “¿qué os parece?, ¡es inaudito!, ¡es magistral!, ¡una cátedra de sapiencia concentrada!, usted, buen hombre, ¿quién es el maestro?, ¿quién es el profeta?, ¿a quién debemos tanta sabiduría?, ¡por favor contésteme de inmediato!, va mi cordura en ello”, dijo sin pestañear el filosofo, a lo que Manolo contestó: “Facundo”, el representante tuvo una ocurrencia, tal vez fuera posible montar un circo, algunos números, una mano a mano entre el filosofo urbano y la cultura rural, podría llegar a ser un buen negocio, y pidió ver los versos de Facundo, Manolo con un breve movimiento de cabeza señalo la dirección del baño, la putita estaba tardando y le dijo a Fedra que fuera a ver que pasaba, cuando se encaminó hacia el lavabo el filosofo se dispuso a seguirle y el representante con un gesto le ordenó que se quedara donde estaba, de ninguna manera pensaba meterse en el retrete con Ernesto, cuando abrió la puerta el pestazo le hecho para atrás, el filosofo no había tirado de la cadena, dios bendito, que horror, pensó, tiró él, el servicio no tenía tapa, así que se abstuvo de sentarse pare leer, revisó minuciosamente la puerta, estaba totalmente garabateada, no quedaba un milímetro libre, con mala caligrafía, faltas de ortografía y escrita en todas direcciones, ¡que pestazo!, leyó: “Eaaa cordera, ven a bailar un pasodoble, pero no te quedes preñada”, “Ya se que les gustan lo grillos, pero yo tengo sueño”, “Las azadas no son humanas”, “No me gusta el campo, me da miedo la ciudad”, “Mi bota me ha salvado la vida en más de una ocasión”, “Las iglesias huelen raro, huelen a iglesias”, “El café con leche para los de las oficinas, para mí el anís antes de que salga el sol”, en fin había decenas de frasecillas, algunas más mejores que otras, por usar una expresión facundidiana, salió el representante del excusado, un tanto aturdido, no tanto por las frases como por el olor, y pregunto a Manolo donde localizar a Facundo y también que le compraba la puerta, Manolo dijo que Facundo andaría por la era y que la puerta no estaba en venta, el representante sacó dos billetes de cincuenta, y Manolo arrancó la puerta de cuajo, nunca más pondría una puerta, ese sería su tributo a Facundo, ahora hay una cortinilla, la putita volvió con las pupilas dilatadas en compañía de Fedra, en cagar lo que se dice cagar no tardó mucho, pero tardo un siglo en empolvarse la nariz, el representante pagó la cuenta y entre Manolo y Ernesto cargaron la puerta en el coche del filosofo y la poetisa, la ataron con unas cuerdas, ¡que orgulloso se sentía Ernesto!, orgulloso a pesar de llevar los calzoncillos cagados, Manolo les dijo que en los otros tres bares del pueblo las puertas de los lavabos también estaban escritas, el representante ordenó por favor a Fedra que fuera a hacerse con ellas, la poetisa al principio puso mala cara y pregunto: “¿Por qué yo?”, el representante no dijo nada, sacó de la cartera un fajo de billetes y se los entregó, la lesbiana no dijo nada, cogió el dinero bajando la mirada y el representante dijo: “Las tres puertas restantes”, Ernesto preguntó a Manolo, como llegar a la era y se dirigieron hacía el lugar, la putilla y el representante en su coche y Ernesto en el otro, Fedra se quedó sola, miró a su alrededor y vio a unas viejas vestidas de luto sentadas a la sombra que la miraban, a pesar de ser una poetisa solo acertó a pensar: “¡Que asco!”, los otros bares estaban a nos escasos cien metros de distancia el primero del último, dos a un lado de la calle principal, que era la carretera, y los otros dos al otro lado, todos parecían iguales, oscuros, viejos y sin Stolichnaya, eran lo que en su ambiente alternativo, postmoderno y contra intelectual se podría calificar como “out”, entró en el primero, el bar “La Parada”, aquí vendían billetes de autobús para la capital de la provincia, en la mesa del fondo estaban cuatro viejos jugando al mus y otros dos de pie mirando, Fedra saludó al camarero, el Paco, pidió una tónica, Paco la sirvió unto con una ración de chorizo picante, por supuesto Fedra no tenía ninguna intención de probar semejante veneno, los viejos seguían a lo suyo, Fedra preguntó por los servicios, Paco señaló con un gesto por donde estaban, era un lavabo unisex, o sea que solo había uno, ¡que horror! Pensó la poetisa, cerró la puerta y efectivamente estaba completamente garabateada, de pie leyó algunas máximas: “Si dicen que el mundo es redondo, será que es redondo”, “Cuando me siento en un banco y veo a los coches pasar, los odio a todos, a los que vienen, a los que van, nadie sabe que yo existo, que les miro, que les odio, es por eso que les odio”, “Desde que murieron sus abuelos, hace veintidós años, cuatro meses y tres días, Lucía no vino más a pasar las vacaciones de verano al pueblo, tampoco yo he ido a verla a la ciudad”, aquí estaba inspirado Facundo, pensó, siguió leyendo: “A las doce del medio día, en verano, mi mejor amiga es una higuera y un botijo con calimocho es mi hermano”, ”Si lees esto es que ahora somos iguales”, ¡menudo cabrón esta tu hecho! Se dijo Fedra, y se echó a reír, ya tenía suficiente, salió del excusado, se dirigió a la barra, bebió un poco de la tónica, que ya empezaba a calentarse, llamó al camarero y le dijo que quería llevarse la puerta, Paco la miró pasmado, no dijo nada, ella sacó dos billetes de cincuenta, pospuso sobre la barra, Paco dijo entonces: “¿La puerta?, ¿qué puerta?”, “La del lavabo, quiero esa puerta”, dijo la poetisa, “¿Y para qué?”, “Me interesa lo que está escrito en ella”, “¿Las idioteces de Facundo?”, “Si, las idioteces de Facundo”, “Es toda suya llévesela”, dio un trago a la tónica, y en vista que Paco no se movía, sacó un billete de veinte, lo puso en la barra y le dijo a Paco si sería tan amable de sacar la puerta, dicho y hecho, salieron los dos a la calle, el sol caía a plomo, y le indicó a Paco que dejara la puerta apoyada en la pared, esto era lo más absurdo que le había pasado nunca a Fedra, pero empezaba a gustarle, cruzó la calle y se dirigió al bar “Encantos”, solo estaba el camarero y un sujeto de unos cincuenta y tantos años, conversaban sobre el tiempo, la sequía, la siembra, que la cosecha sería desastrosa, cosas sin importancia para ella, por un instante dudó, no sabía que pedir, no le apetecía nada, como no le hacían ni puto caso tuvo tiempo de pensar, se decidió al fin por un café, llamó al camarero, Blas, un hombre curtido, duro, la cara arrugada no por los años, si no por la vida y la mala leche, no debía tener más de cincuenta y cinco, brazos peludos, hasta en los dedos tenía pelos, una sola ceja, barba de varios días, pero era casi calvo, con voz áspera y seca le preguntó: “¿Qué va a ser?, “Un café por favor”, el otro hombre la miró con una mezcla de desprecio y lujuria, ella posó la mirada sobre una mosca que paseaba sobre la barra, y de repente con un trapo Blas la aplastó, Fedra se sobresaltó, le sirvieron el café, con un azucarillo de esos cuadrado, que tardan horas en disolverse, preguntó ella sin tenían sacarina, Blas dijo que no, preguntó por el aseo y como los dos anteriores le señalaron su ubicación con un movimiento desganado de la cabeza, aquí había dos lavabos uno para las mujeres, y claro otro para los hombres, Fedra entró disimuladamente, como por equivocación en el de caballeros, cerró la puerta y allí estaban los escritos ,la puerta estaba repleta de frases, bajó la tapa del retrete y se sentó a leer: “No se lo que es la primavera, el verano, el otoño o el invierno, cuando se trabaja solo hace frío o calor”, “Soy pobre pero no honrado, lo que pasa es que no se como hacer para hacerme rico”, “Si el diablo tiene aliados, esos son lo tábanos”, “Las vaquillas se hacen viejas y nos conocen, las fiestas ya no son tan fiestas”, y justo después ponía: “Mi madre empezó a hacerse joven cuando mi padre murió”, se puso de pie y apareció ante sus ojos algo que se le quedaría grabado: “UBRES”, salió, se acercó a la barra, el camarero estaba solo, el otro hombre se había ido, mejor pensó ella, Blas estaba en el otro extremo de la barra, este es un hombre arisco, pensó, debo ir con tacto, “perdone señor…, me llamo Fedra”, “Yo Blas”, “Encantada de conocerle señor Blas, por equivocación he entrado al servicio de caballeros y he podido observar las cosas escritas en la puerta”, “Si, cosas de Facundo”, “Ciertamente interesante, sin duda”, “Ya”, “¿Me preguntaba si sería posible comprarle esa puerta”, “¿La puerta?”, “Le pagaría bien”, sacó dos billetes de cincuenta, “Es una puerta de madera maciza”, dijo Blas, “Entiendo, claro”, y sacó un billete más, “No se, no puedo tener el servicio sin puerta”, “Tiene usted razón”, y sacó uno más, Blas se acercó cogió el dinero se dirigió al lavabo y sacó la puerta de sus goznes, y la apoyó en la barra, “Sería usted tan amable de sacarla a la calle, después pasaremos a buscarla”, sin decir nada Blas la cogió, la sacó fuera y la dejó apoyada en un árbol, Fedra se dirigió al último bar, bar “San Mateo” , San Mateo al parecer era el día de la fiesta mayor del pueblo, estaba en el bar el camarero, Lucas, y en una mesa frente a un televisor prehistórico, una vieja vestida de luto, viendo un documental sobre los aborígenes australianos, mientras desplumaba un pollo, Fedra no sabía que pedir, el vino, la tónica y el café había llenado su vejiga, así que preguntó directamente por el lavabo, Lucas se lo indicó, claro está con un movimiento de cabeza, y mientras atravesaba el bar hacía el servicio, la vieja gritó: “Jesús, María y José estas gentes van casi desnudos”, Fedra entró al lavabo de hombres, había papel higiénico, gracias a dios, sacó un buen montón de papel y limpió el asiento, después se bajó el pantalón y las bragas y comenzó a orinar, al brotar las primeras gotas, se acordó de sus largas sesiones de sudor y demás fluidos y placeres con Katia, una editora de una especie de panfleto feminista, Katia se divorció cuando su marido la dejó por un abogado, el mismo que les tramitó la separación, quedaron como amigos, gente civilizada, Katia se hizo entonces lesbiana, y de las feroces, nada censurable, como tampoco lo es que Fedra se acuerde de ella cuando mea, para gustos los colores, los sabores y los olores, mientras pensaba en Katia al meada iba menguando y la cantidad de flujos vaginales en aumento sin secarse y cuando aún caían las últimas gotas comenzó a tocarse y se introdujo dos dedos, estaba realmente caliente, se acariciaba, se metía y sacaba sus dedos, rozaba y apretaba con fuerza su clítoris, sacaba la lengua y se tocaba los pechos, en el lavabo de caballeros del bar San Mateo, una cosa de locos, entonces cuando más acalorada estaba, mientras movía los dedos en su interior lo leyó: “Los hombres con boina y las mujeres sin bigote”, se quedó paralizada con los dedos dentro y los ojos y la boca abiertos, no se lo podía creer, y para rematar la faena: “¡Mierda! Y repito: ¡Mierda!, no hay papel”, eso la despertó, sacó los dedos y automáticamente giró la cabeza para cerciorarse que si había papel, cogió un buen montón, y se secó, abrió la puerta y en una especie de fregadero se lavó las manos, se las secó con una toalla húmeda y se dirigió a la barra, la vieja seguía desplumando el pollo y viendo el documental, “Buenas tardes”, “Buenas tardes señorita”, repitió Fedra la misma historia de que se había equivocado de lavabo, y lo interesante de los escritos de la puerta, así como haciéndose la tontita, de pronto la vieja gritó: “¡Lucaaas estos indios comen lombrices!”. “Si tía, si, perdone señorita, mi tía está un poco ya mayor, ¿entiende?, y se entretiene así, desplumando pollos y viendo reportajes en la tele, me decía usted sobre los escritos, son de Facundo, Facundito como yo le digo, es un buen muchacho, un poco loco, ¿pero quién no está un poco loco hoy en día?, fíjese si no en la televisión, sale cada uno que en fin, para que hablar, yo siempre cuando dan el telediario apago la tele, el mundo está loco, es lo que siempre digo, Facundito vive con su madre, está enferma, hace más de un año que no sale de casa, el pequeño Facundo lo pasó mal de crío, su padre, que en paz descanse, fue un demonio, zurraba de lo lindo a Facundito y a su santa esposa, cuando Facundo, el padre, tardaba en llegar a casa el pequeño por encargo de la madre, iba de bar en bar buscándolo, si Facundo, el padre, estaba de buenas, pocas veces estaba de buenas, tenía muy mal genio el jodido, si estaba de buenas, como le digo señorita, le hacía bailar y cantar, todos nos reíamos mucho, pero cuando estaba de mala leche, agarraba al chico de una oreja y lo arrastraba fuera del bar, ¡cuantas limonadas le día a Facundito!, siempre le quise mucho, nunca he tenido hijos, dos sobrinos si, un chico y una chica, el chico Luis vive en la ciudad, la chica, Julia se mató en un accidente de coche, mi hermano también murió, lo encontraron tirado en el huerto sobre las lechugas, con la azada en la mano y cubierto de hormigas, perdóneme señorita ,pero cuando se llega a cierta edad uno empieza a pensar en estas cosas, pero usted es joven, ¿quiere un poco de chorizo picante?, es típico de aquí y está muy rico, con un vasito de vino de la tierra y un poco de pan para acompañar es lo mejor que hay, es usted muy joven y necesita alimentarse, tenga usted”, Fedra alucinaba, entre las boinas, los bigotes y el chorizo picante, pensaba que la cabeza le iba a estallar, dudaba seriamente de estar viviendo lo que estaba viviendo, o acaso lo imaginaba todo, “cincuenta y tres años llevo sirviendo el mejor chorizo y el mejor vino tras este mostrador, ¡cincuenta y tres años!, se dice pronto, la de cosas que uno ha visto ,como han cambiado todo, antes fíjese este pueblo estaba lleno de vida, yo nací en el piso de arriba, nada de hospitales ni de médicos, en la cama de mi pobre madre, ahí vine yo a este valle de lágrimas, ahora nadie nace en el pueblo, ahora solo morimos, yo espero dormirme y no despertar más, no es que tenga miedo a morirme, pero no quisiera sufrir, ¿me entiende?, he visto a tantos sufrir, yo quiero morir tranquilo, igual que he vivido, no debería hablarle de estas cosas, es usted muy joven, ¿no come un poco de chorizo?, coma, coma, ya verá que rico, ¡tíaaa!, no se meta las plumas en la boca, ¡que se va a ahogar!, hay que andar detrás de esta mujer todo el santo día, por suerte ahí están los pollos y el national geografic”, de repente la vieja empezó a reírse como una loca y dijo: “¡Jesús! Que narices tan grandes tienen estos demonios”, “Ya ve señorita, ya ve, ¿se da cuenta porque digo las cosas?, la voy a acompañar con un vasito de vino, es usted una joven muy simpática, pero coma, coma, no sea tímida, ¿Por qué cree que sigo siendo un chaval a mis setenta años?, un poco de vino y este chorizo, ese es el secreto”, Fedra ya no podía más, era el colmo, pero aún así y para facilitar después la labor de la compra de la puerta, decidió probar el chorizo, no tardaría en arrepentirse, cogió un trocito, el más pequeño, lo comió y al instante la boca, la garganta y el estomago ardieron con un fuego proveniente del mismísimo infierno, se bebió el vaso de vino de un trago y con gestos y muecas pidió otro, “¿A que está bueno señorita?”, se bebió el segundo vaso de vino, y los ardores fueron haciéndose algo soportables, entonces Fedra le dijo: “¿Y la puerta?”, “Ah, la puerta, pues no se que decirle señorita”, “Aquí tiene”, sacó dos billetes de cincuenta y se los acercó, “Si me hace el favor de sacarla”, sin poder reaccionar, Lucas se movió como un autómata, sacó la puerta y siguió a Fedra hasta la calle, dejó la puerta apoyada en una pared, se despidió y cuando entró de nuevo al bar, solo, pensó que mejor no morirse de momento, siempre queda algo por ver, Fedra cruzó la calle, e el lado donde se encontraba daba el sol, y se sentó en un banco de piedra a esperar y ver pasar los coches que iban y venían sin detenerse, ya tenía las cuatro puertas y le había sobrado un buen dinero del que le dio el representante, sonrió.

Nocturna dijo
Estoy de acuerdo en guardar tres horas de digestión antes de hacer poesía..pero tendrás que reconocer que para leer este post, mejor hacerlo con el estomago vació..no?..Un saludo de...Noc_
27 Junio 2006 | 12:54 PM